Habitualmente, las corrientes artísticas tienden a seguir la vanguardia
predominante de la época en la cual la obra ha sido concebida. Esto provoca que
haya considerables semejanzas entre los elementos presentes de dicho trabajo;
no obstante, el resultado, junto con la influencia de sus antecesores y un gran
compromiso por parte de los involucrados, puede ser mirífico. Tal es el caso de
La La Land (2016), musical dirigido
por Damien Chazelle y protagonizado por Emma Stone y Ryan Gosling.
La historia sigue a Mia y Sebastian, personajes cuyos encuentros plenamente
circunstanciales logran forjar una relación un tanto similar a la de Woody
Allen y Diane Keaton en Annie Hall (1976).
El idealizado romance de los protagonistas se ve turbado por los objetivos de
cada uno de ellos; Mia, una aspirante a actriz, y Sebastian, un músico que
anhela abrir su propio bar de jazz. Si bien, lo básico de la trama ha sido
visto en múltiples películas, lo esencial de la historia se basa en las
decisiones de los personajes y el vínculo de éstas con sus sentimientos; esto
efectúa una peculiar atracción hacia la película.
Todo lo relativo a los aspectos técnicos consigue crear una armonía
visual, que en conjunto con la dirección de Chazelle, transmiten un aliento de
nostalgia hacia la juventud perdida y la vida que poco a poco se desvanece sin
que hayamos cumplido nuestros sueños por completo. La fotografía agrega vivacidad
a la narrativa visual al utilizar una amplia gama de colores en cada una de las
secuencias. La música se congrega con las escenas enriqueciendo el panorama, y
las canciones son utilizadas meticulosamente, sin llegar a abusar de este recurso.
Las emotivas interpretaciones de Stone y Gosling mantienen el ritmo de
la trama, manejando con prudencia el arco argumental de los personajes y
demostrando su personalidad sin recurrir a clichés cinematográficos. La química
entre los protagonistas es evidente y genera simpatía hacia ellos, causando que
en momentos de dualidad, el espectador mantenga opiniones subjetivas conforme a
las acciones de Mia y Sebastian.
La La Land es la redención de
Hollywood, y quizás, la revitalización de los musicales; exhibe que aún es
posible realizar cine comercial de calidad y llevarlo a las grandes audiencias.
Asimismo, presenta añoranza hacia lo común y tradicional en una sociedad de transformaciones
radicales.
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